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Revista El Cisne, Año XXIII, N° 265, Septiembre 2012. Autorizado por revista El Cisne para publicación.

Un fenómeno preocupante

¿Pandemia de autismo? Por Rolando Pellegrini

Desde hace algún tiempo se reporta un incremento dramático de los casos de autismo entre los niños en edad escolar. En algunos países, como EE.UU., las estadísticas hablan de 1 de cada 85. Ello se explica por diversas causas, tanto sociales como ambientales. Por otro lado, también se alzan voces que descreen en la veracidad de los números que se mencionan, y que ello se debe a criterios diagnósticos poco rigurosos, a intereses económicos y a otros motivos que poco tienen que ver con la realidad.

Se llama epidemia a la enfermedad que afecta a una población determinada (esto es, dentro de una región o país dados) en un grado mucho mayor de lo que es la media normal y, en todo caso, cuando el número de personas involucradas es importante. En ese sentido, si lo usual es que existan cinco padecientes de determinada dolencia, si en determinado período se hallan siete, no puede hablarse de epidemia, por más que haya aumentado un 40% la existencia de los casos.

Cuando dicho padecimiento trasciende las fronteras nacionales o regionales, se la denomina pandemia, es decir, va más allá de un territorio delimitado y tiende a un incremento global, como es el caso extremo del HIV, que prácticamente no ha dejado lugar de la Tierra sin que exista algún enfermo.

Nos resulta fácil identificar el origen de epidemias y pandemias cuando estas se producen por contagio, tal como ocurre con tantas enfermedades tan comunes como la gripe, por contacto directo, y hasta de algunas otras, como el Mal de Chagas-Mazza, que afecta a toda América desde México hasta la Argentina (con algunos casos en EE.UU. y Canadá) y que necesita de un vehículo como la vinchuca (o mosquitos, pulgas, etc., entre otras) para inocular la enfermedad.

Pero en otras, como es el caso del Autismo, no aparece nítidamente qué es lo que las provoca, puesto que, si bien todavía se halla en discusión cuál es su etiología, no hay forma de contagio alguna que lo explique ; pero, sin embargo, el número de casos diagnosticados ha crecido exponencialmente: de 1 cada 5.000, en 1975 hasta los actuales 1 cada 110 entre los niños en edad escolar. Es decir que en poco menos de cuatro décadas los casos de Autismo se incrementaron algo más de 45 veces. Y en algunos lugares, como en los EE.UU., se habla de que las estadísticas llevan su incidencia a una proporción realmente aterradora:1 de cada 85, y en aumento.

En busca de una explicación

Siendo que el contagio directo o indirecto no puede explicar el notable aumento de los casos, y que algunas de las teorías más mentadas en cuanto a su origen hacen hincapié en aspectos genéticos, psicológicos u orgánicos, según diferentes puntos de vista, se intenta explicar el crecimiento desde distintos factores a los que se avizora como posibles fuentes.

Un primer intento de dilucidación pasa por sospechar  que el acrecentamiento de niños con autismo se correlaciona con los males que acarrea la evolución de nuestras formas de producción.

Desde esta perspectiva se puntualiza que en la era posindustrial, los seres humanos estamos expuestos a sustancias sintéticas con alto poder de nocividad. La liberación de químicos en el aire y en el agua y la consiguiente contaminación del ambiente, lo que incluye a los alimentos, se reputa como una fuente de producción de distintas enfermedades y también sería la causa de que existan más personas con Autismo.

Así, compuestos de mercurio, de aluminio, plomo, pesticidas, conservantes y sustancias como los ftalatos (presentes en los plásticos, por ejemplo), entre muchos otros, que se hayan en el ambiente, en los objetos de los que nos servimos cotidianamente, en el aire que respiramos y en los alimentos que ingerimos podrían explicar la multiplicación de los casos.

También se cita como causa los cambios en las costumbres que se han producido en las últimas décadas, sobre todo en lo referente a que se tienen menos hijos y a edades más tardías, lo que haría que la constitución genética de los niños sea más endeble y mucho más susceptible a acarrear daños en sus componentes.

En ese sentido, una investigación llevada a cabo en la Escuela de Medicina de Monte Sinaí, en Nueva York, da cuenta de que la edad del padre puede ser un elemento que introduzca a una mayor posibilidad de que su hijo padezca Autismo. El estudio propone que esta probabilidad es seis veces mayor si el padre tiene más de 40 años respecto de aquellos que cuentan con menor edad. Ello se debería a que el material genético contenido en el esperma sería de menor calidad, y, por otro tanto, más predispuesto a acarrear errores genéticos.

Una controversia notable se abrió a este respecto acerca de la vacunación.

En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó un informe, según el cual explicaba que los componentes de la vacuna triple viral, que protege contra el sarampión, las paperas y la rubeola, podían dar cuenta del incremento de los casos de Autismo.

Pese a que muchos de los intervinientes en el mencionado trabajo abjuraron del mismo, puesto que se comprobó que los datos estadísticos utilizados para mostrar la progresividad de casos asociada a las campañas de vacunación habían sido manipulados y no respondían a la realidad, existe todo un movimiento al respecto, por acción del cual, tanto en Gran Bretaña como en EE.UU. ha decrecido el número de niños vacunados. En este último país, los pequeños reciben alrededor de treinta dosis de distintas vacunas antes de los tres años de edad.

Una de las activistas más importantes en este sentido es la modelo, actriz y escritora norteamericana Jenny McCarthy, cuyo hijo fue diagnosticado con Autismo, y culpó de él a las vacunas, puesto que su niño lo habría contraído tras recibir la triple viral a los quince meses, aunque en la actualidad Evan no presenta signo alguno.

Además de haberse demostrado la falacia del estudio de Wakefield y que ninguna otra investigación demostrara la incidencia de la vacunación en la producción de Autismo, las cifras de la disminución de padres que someten a la inoculación de sus hijos (del orden del 10% en EE.UU.) no se reflejaron en la disminución de los casos, sino todo lo contrario. En cambio se duplicó la cantidad de enfermos de rubeola, paperas y sarampión.

Por otro lado, se postula que la notable expansión puede tener parte de su fundamento en el desarrollo de las técnicas de diagnóstico.

La importante evolución que han tenido en las últimas décadas la neuropediatría, la neurobiología y otras disciplinas inherentes a la Medicina, sumado a la elaboración de estrategias diagnósticas más refinadas, lleva a que se desplieguen más ampliamente los síntomas que se comprenden dentro de los Trastornos del Espectro Autista.

En muchos casos, antes de la aparición del DSM-IV, los niños que presentaban  determinados rasgos se diagnosticaban bajo otras patologías  tales como los referidos a los Trastornos del Lenguaje, por ejemplo.

Décadas atrás, el Autismo era considerado como una afección muy rara y con déficits sociales y de comportamiento extremadamente graves. En la actualidad, los criterios han cambiado radicalmente y ya no solamente entran en la definición de Autismo aquellos casos cercanos a la catatonía, sino que también abarca a aquellos que no manifiestan signos tan dramáticamente intensos.

En ese sentido, ayuda a sensibilización social de la problemática, que gana espacios no sólo en aspectos legislativos sino también en la consideración de la sociedad, la difusión que ha logrado a través de la prédica de las distintas asociaciones de todo el mundo y de su inclusión, más que cualquier otra patología discapacitante, en los medios de comunicación.

Ello trae como consecuencia que padres, docentes, médicos y, en general, todos los que rodean a los niños estén más atentos a perturbaciones conductuales que pueden resultar síntoma de Autismo.

¿Son todos lo que están?

Como prácticamente todos los órdenes de la vida, respecto del Autismo también hay “vereda de enfrente”

Así, se alzan numerosas voces que lisa y llanamente aseguran que la pandemia de Autismo es una patraña, que, en realidad, no existe, sino que es producto de diversos factores.

Uno de ellos es que, al hacerse más extensa la lista de síntomas que lo caracterizan, ello conlleva que ciertas conductas que anteriormente se adscribían a otras patologías o que directamente no constituían objeto de diagnóstico ahora caen bajo la rotulación de Autismo.

La popularización de esta dolencia a través de los medios, según dicha óptica, hace que se imponga una moda en tal sentido, que influye hasta en las decisiones diagnósticas de los profesionales.

En ese sentido, se acusa que los adultos muchas veces no saben cómo lidiar con los niños que acarrean algún problema conductual, lo que azuza en el sentido de un diagnóstico de ADD, o directamente de Autismo, sobre todo teniendo en cuanta que buena parte de los inicios en cuanto a la detección proviene de las escuelas, antes que los propios hogares.

Otro punto en esa línea crítica señala que los manuales como el DSM-IV o el CIE 10 incluyen tal cantidad de variables y cuestiones tan vagas que ello por sí solo explica un sobredimensionamiento de la expresión de casos, sobre todo cuando en ambos vademécum existen ítems tales como “otros trastornos no específicos”.

A su vez, profesionales de distintas ramas (psicólogos, psiquiatras, pediatras, neurólogos, psicopedagogos, entre otros) se agrupan en diversas asociaciones como Forum Add (Argentina), Espai Freud (España), Fórum Sobre Medicalização de Educação e da Sociedade (Brasil) y otras para denunciar un aspecto procupante de nuestro tiempo: la medicalización  de la infancia.

Entre muchas otras cuestiones que plantean, se llama la atención sobre la increíble cantidad de medicamentos que se recetan, algunos de ellos psicotrópicos (es decir, que actúan sobre los procesos químicos del cerebro), para mantener a los pequeños “estabilizados”.

Se imputa tal actitud a dos causas que se interrelacionan: por un lado, la promoción de los laboratorios de especialidades medicinales de sus drogas como panaceas y, por el otro, a los propios adultos, para quienes es mucho más fácil suministrar un medicamento que afrontar un tratamiento de otro tipo, que demanda más tiempo y dedicación. Y, por otro lado, excluyen de la mira problemas políticos, sociales, culturales, educacionales y afectivos, asumiendo que el problema es el niño y no lo que lo rodea, pero, al mismo tiempo, liberando a todos de culpa, porque si se trata  de una patología adquirida de la manera que sea, no es un problema en el cual haya que buscar responsables (seguramente, no a la sociedad), sino que se trata de una “desgracia” que no requiere más ajustes que el del pequeño.

Uno de los puntos que destacan algunas voces contrarias marcan que los indicadores sobre el crecimiento del autismo son mayores en los países desarrollados que en los países que no lo están y que dentro de estos últimos el sector más comprometido es el de mayor nivel  socioeconómico, lo que señalaría la existencia de un negocio espurio en torno de la problemática.

En general, aquellos que descreen de la pandemia señalan que el Autismo existe, pero que es necesario que se establezcan criterios más acotados y que, en lugar de ceñirse a grillas diagnósticas en las cuales, ante la presencia de los tres síntomas de tipo I y otros de tipo II, automáticamente se diagnostica Autismo, se vea con más detenimiento qué es lo que le pasa al paciente, considerándolo como un todo, tomando en cuenta sus vivencias y circunstancias antes de rotularlo.

Para concluir

Las dos campanas suenan con fuerza y disputan simétricamente: lo que unos dicen que es positivo, los del otro lasdo lo afirman como negativo y viceversa.

Ante argumentos de similar consistencia lógica, se hace difícil determinar quién lleva razón y quién no. Y es posible que ambos tengan una parte de ella. Tal vez las estadísticas sean un tanto caprichosas, basadas en criterios diagnósticos demasiado elásticos, al mismo tiempo que los cambios en nuestra forma de vida, la polución masiva que debemos soportar, los detrimentos hacia el medio ambiente y un sinfín de variables más induzcan a que los casos de personas con Autismo realmente conozcan una curva ascendente.

Es deseable que unos y otros se reúnan y que puedan limar las diferencias, establecer criterios universales que brinden un grado de mayor certeza.

Porque no hay que olvidar que estamos hablando de niños y familiares que sufren, que requieren de respuestas  ante el padecimiento y no de posturas ideológico-sanitarias, que no solo no resuelven los problemas sino que complican las decisiones.

*Ronaldo Pellegrini es coordinador de área de Revista El Cisne.