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Entrevista

Marta Schorn: “La capacidad de la discapacidad”

 

LA CAPACIDAD EN LA DISCAPACIDAD

Marta Schorn es psicóloga, psicoanalista, egresada hace 35 años de la Facultad de Psicología de la UBA, y actualmente docente de posgrado de esa casa de estudios.  Es asesora psicológica del Instituto Integral de Educación (escuela secundaria para adolescentes sordos y oyentes) y fue presidenta de los Congresos Nacionales y Latinoamericanos de Salud Mental y Sordera (Facultad de Psicología UBA 1997, 2000, 2003).  En el año 2003 publicó su tercer libro dedicado al tema discapacidad, La capacidad en la discapacidad. Sordera, discapacidad intelectual, sexualidad y autismo.

Tratándose de un tema tan particular, y conociendo tu formación como psicoanalista, egresada de la Escuela de Psicoterapia para Graduados, me surge preguntarte: ¿Cómo comenzaste a interesarte por la Discapacidad?

Comencé interesándome en el tema de la sordera, particularmente. Yo hice la carrera de psicología con la intención de trabajar con pacientes sordos. No sé por qué, porque no es que yo conociera demasiado sobre el tema… son esas motivaciones inconcientes, un tanto desconocidas… Pero podría decir que estando en el secundario había llegado a mis manos el libro de Hellen Keller, y dije “a eso me voy a dedicar: a atender personas sordas”. Obviamente sin tener idea de cómo era la historia. Porque ahora hay mucha gente hablando sobre este tema, pero yo te estoy hablando del `63,  y en ese momento nadie hablaba de sordera ni de nada que tuviera que ver con la discapacidad. Terminé la carrera en el `69, y en el `70, por una de esas casualidades, una amiga me comenta que están buscando un profesional para IADAL (Instituto Argentino de Audición y Lenguaje). Y así es como me acerco. Trabaje allí cuatro años, y luego seguí sola en consultorio privado, donde me empiezan a llegar niños y adolescentes. En ese momento, los adultos sordos no llegaban prácticamente a consulta. Y los chicos que consultaban eran lógicamente, oralizados, o en proceso de oralización, dado que en ese momento la metodología que se imponía en argentina era la oral. Entonces comienzo a hacer ese recorrido que es todo un descubrimiento. Yo fui aprendiendo de lo que me enseñaron los propios pacientes, sus padres…Después de quince años trabajando en el tema de la sordera, empecé a plantearme que era importante hacer una apertura hacia otras áreas que tuvieran que ver con la discapacidad, porque me parecía que era algo que debía ser abordado y profundizado. Bueno, así comienzo a incursionar en otras áreas de la discapacidad, y empiezan a llegarme a consulta niños no videntes, y se me abre un campo importante… Luego comienzo a trabajar con discapacidad intelectual, y me encuentro con que tampoco se sabía nada sobre lo que pasaba con el psiquismo, con el aspecto emocional de una persona con discapacidad intelectual. Lo que había como referencia, como bibliografía tenía que ver con aspectos cognitivos. Llegaba de España y eran enfoques más bien descriptivos. Muchos de los niños que llegaban tenían déficit no solamente sensoriales, sino compromisos muy severos desde el punto de vista psíquico: trastornos del desarrollo, ceguera y autismo, sordera y autismo, discapacidad intelectual con cuadros de autismo o psicosis, lo cual me llevo a ir lentamente profundizando, rastreando bibliografía, pensando qué hay más allá de lo que se ve…

Vos decís que nadie se ocupaba de la discapacidad: no consideraban a estas personas analizables, o es que simplemente le huían al tema

Toda la mirada estaba desde el punto de vista reeducativo, y solo a eso se apuntaba. Si había sufrimiento o no, que pasaba con las fantasías que podían tener los chicos con discapacidad, eran temas que no se consideraban. Hay una frase que yo recojo de un artículo de Marisa Rodulfo que dice “el deficiente mental es el negro del psicoanálisis”, o sea lo que quedaba  por fuera, marginado. El psicoanálisis ha hecho un largo recorrido: de los pacientes neuróticos de Freud, como los únicos posibles de ser analizados, luego a los niños, a los psicóticos, a los discapacitados…

Por suerte en este momento muchos profesionales pueden abordar psicoterapéuticamente a un chico con síndrome de Down, o sordo o ciego, lo consideran viable como con cualquier otra persona.

¿Existe una especialidad o una especificidad en el trabajo con personas discapacitadas?

Yo creo que el abordaje terapéutico que uno hace no varía, en cuanto a si uno trabaja con los conceptos propios del psicoanálisis, transferencia, contratransferencia, resistencia, encuadre. En verdad el abordaje que uno hace no difiere en absoluto. Pero sí creo que puede ser considerada una especialidad, como lo podría ser el trabajo con pacientes adictos; hay que tener conocimiento de quién es y qué le pasa a esta persona que está delante de uno, más allá de que obviamente va  a ser neurótico, psicótico o perverso. Pero un profesional que no haya estudiado algo referente a la discapacidad puede tener una lectura errónea, distorsionada, si desconoce cómo se entremezclan las cuestiones que tienen que ver con el compromiso neurológico u orgánico. Creo que el abordaje no es distinto, pero que el trabajo con discapacidad lleva a una especificidad. De ninguna manera quiero con esto decir que existe una psicología del sordo, o de la persona ciega. Eso me parece que es un simple encasillamiento.

En relación a esto, pensando en los pacientes sordos: en tu último libro haces una clara defensa del uso de lengua de señas con niños sordos. ¿Vos trabajas con lengua de señas (LS) en el consultorio?

Trabajo con ambas lenguas. Hago uso de la lengua de señas y la lengua oral con la persona que viene a consulta. Yo no soy un hablante perfecto de la lengua de señas, pero esto no quiere decir que no considere que para gran parte de la comprensión del niño, adolescente o adulto sordo se requiera de la lengua de señas. Creo que en este momento, en el siglo XXI, ya no podemos dejar de considerar a la lengua de señas como lo que es, una lengua. Es así desde el punto de vista lingüístico; hay tres tipos de lengua: oral, escrita y de señas. La lengua de señas tiene una estructura propia; que uno no la comprenda, o no la sepa en toda su magnitud no quiere decir que eso no sea una lengua. En todo caso, es un déficit de uno, ¡no de la lengua!

Yo trabajo con niños, adolescentes y adultos que hacen uso de la LS y la lengua oral. Yo trato de llegar a ellos de la manera que sea más adecuada para esa persona. Por ejemplo, hay adultos que se manejan perfectamente de forma oral, hay otros con los que solo en algunos momentos hacemos uso de la LS, y hay personas con las que la lengua de señas es la única forma de comunicación con que uno puede contar.

¿Sigue existiendo actualmente la oposición entre el oralismo y el uso de lengua de señas?

No, tengo casi la certeza de que esos embanderamientos ideológicos no existen. Cada vez hay un mayor reconocimiento por parte de los profesionales de que lo que hay que hacer es tratar de darle una lengua, cualquiera fuere, al niño, para que realmente pueda desarrollar un pensamiento. Entonces, esto que hace quince años atrás era absolutamente tiránico, los embanderamientos en defensa del oralismo o la lengua de señas, ahora han bajado mucho los niveles. Hay un reconocimiento de que la persona sorda es naturalmente bilingüe: alguien a quien hay que aportarle la lengua oral, así como la lengua de señas.

¿Es posible entonces trabajar desde el psicoanálisis con lengua de señas?

Absolutamente posible. Se puede analizar pacientes sordos en LS.

(…)

¿Consideras necesaria la interdiciplina en el trabajo con discapacidad?

¡Absolutamente necesaria! Y no solamente desde el área de la discapacidad. Uno tiene que salir de esta omnisapiencia, de creer que todo lo sabe, todo lo resuelve, todo puede ser entendido, visto, abordado desde un consultorio. Particularmente desde el área de la discapacidad, esto es importantísimo porque muchos de los pacientes no están trabajando solamente con un profesional, sino que hay dos o tres profesionales trabajando al unísono. Con lo cual un trabajo interdisciplinario lleva a poder armar equipos y evaluar de acuerdo a las necesidades o al momento en que se encuentra esa persona cuál es el abordaje terapéutico más necesario. Y poder abarcar las distintas miradas de los profesionales, y poder ver cómo se mueve un paciente en las distintas áreas. Al trabajar varios profesionales se hacen transferencias múltiples, y trabajando en equipo podemos rescatar, unificar las distintas miradas y depositaciones que los padres hacen a los distintos profesionales. Creo que no se puede trabajar con la discapacidad si no es de manera interdisciplinaria y en equipo.

¿Cuál es el rol de la familia en el tratamiento de una persona con discapacidad? ¿Es necesario incluirla en el trabajo?

Por lo menos mi intención, es que la familia tenga cada vez una mayor  participación y un lugar de mayor reconocimiento. Porque no es solamente para marcar lo que deben hacer, sino para que nosotros, los profesionales, escuchemos lo que ellos hacen. Y muchas veces hacen lo apropiado, y lo que necesitan es tal vez un reforzamiento, aprobación, reconocimiento de lo que están  haciendo. Entonces, si hay un abordaje terapéutico, la familia tiene que participar, para que nos enriquezcan a nosotros con todo el conocimiento que ellos van teniendo y han tenido a lo largo de los años. Los padres saben mucho de cómo es ese niño. Hay que acompañarlos, orientarlos, ayudarlos para que puedan tener por momentos, modalidades o encuentros más acertados; y generalmente están abiertos a escuchar.  Yo no concibo el tratamiento de ningún niño con discapacidad, si no trabajo a la par con los padres. Y esto es establecido dentro del contrato. Si no, no lo tomo. El niño podrá venir una o dos veces por semana, según se requiera, pero también tengo un encuentro quincenal con los padres, de otra forma quedan totalmente afuera. Trabajo con ellos en función del niño, aunque obviamente surgen cuestiones de la pareja, la familia, pero trato de orientar esto a cómo repercute en el niño. Así se evitan las depositaciones: “te entrego este niño, a ver cómo lo cambias”. Y el niño no cambia, va a ser siempre el mismo, por más que venga uno, dos o cinco años.  La familia tiene que tener participación, intervención y compromiso. De otra forma, a mi criterio, no se puede trabajar. Por lo menos una o dos veces al año, propongo que la reunión de equipo se haga en presencia de los padres.

Un tema que se discute mucho últimamente es el de la integración de los chicos con discapacidad. Según tu opinión, ¿es esto favorable?

Este es un tema delicado. La integración tiene que ser un concepto de vida, porque si no pensamos en integración, lo que hacemos es marginación. Integración es una apertura mental, saber que uno tiene que favorecer ciertos intercambios. No sólo es integración ubicar a un niño en escuela común: ésta es una de las posibilidades, y en algunos casos pueden aprender muchísimo, aunque se tengan que hacer adaptaciones curriculares. También se puede hacer desde un club, una colonia de vacaciones, desde lograr mayor interacción con los hermanos…porque a veces la llamada “integración” no es más que una inserción del niño en escuela común, y  no aprende ni desde lo pedagógico, ni de cuestiones sociales! El chico sabe, se da cuenta de que está en un lugar donde no puede “competir “con el otro. Entonces ahí haces marginación, haces discriminación. Algunos chiquitos requieren una escuela especial, y se pueden hacer encuentros con escuela común: eso también es integrar. Como el caso del jardín de infantes que un día a la semana iba a un geriátrico a realizar actividades. Y otro día, los abuelos que podían movilizarse iban al jardín. Leían cuentos, pintaban, jugaban… ambos grupos tienen mucho para dar. Siempre hay algo que uno puede dar.

 “La capacidad en la discapacidad”, como dice tu libro…